Traductores profesionales y profesionales traductores en los albores de una nueva era
Fernando A. Navarro
Servicio de Traducción, Laboratorios Roche
Basilea (Suiza)
fernando.navarro@roche.com
¿Quién debe ocuparse de las traducciones especializadas: el traductor profesional o el profesional traductor? Es ésta una pregunta que se plantea una y otra vez en los congresos de traducción. Y, al menos en el caso de la traducción científica, la respuesta parece sencilla: como toda modalidad compleja de traducción, la traducción científica debe ser tarea de traductores especializados con dedicación exclusiva y preparación adecuada, independientemente de su trayectoria formativa. Lo realmente preocupante es que el lenguaje científico siga siendo hoy, a pesar de la demanda social creciente, una de las grandes lagunas de nuestro sistema universitario, que ni las facultades de traducción ni las facultades de ciencias han sabido afrontar con éxito hasta ahora.
La revolución internética ha cambiado en pocos años el modo de trabajar para el traductor especializado, no sólo por tratarse de la mayor biblioteca de la historia, sino, sobre todo, por acabar con el aislamiento tradicional de nuestra profesión y abrir posibilidades insospechadas de comunicación e intercambio de información entre profesionales de distintos países con intereses comunes. Para poder aprovechar al máximo las posibilidades que la interred nos ofrece será necesario aumentar la presencia del español en la red, tanto desde el punto de vista de la cantidad como, sobre todo, de la calidad de los contenidos. Presento, además, dos iniciativas recientes -la lista de debate MedTrad y el boletín de medicina y traducción Panace@,- que ejemplifican bien lo que puede conseguirse hoy con la suma de saberes, experiencias y voluntades individuales. La traducción y la terminología especializadas parecen dirigirse, de hecho, hacia la formación de una gran red coordinada con interconexión de individuos y grupos especializados.
Palabras clave: traducción especializada, terminología especializada, lenguaje científico y médico, informática, Internet.
En todos los congresos de traducción a los que he asistido, hay siempre una cuestión que, independientemente de que estuviera contemplada o no en el programa de la reunión, termina por plantearse, y suscita, además, los más vivos debates: ¿A quién corresponde realizar las traducciones especializadas?: ¿a los traductores profesionales o a los profesionales traductores?
Resulta curioso comprobar cómo, en la mayor parte de los casos, el debate de esta cuestión se prolonga durante horas y consiste, básicamente, en un cruce de descalificaciones y generalizaciones rayanas en lo increíble. Comentaré brevemente el caso que conozco mejor, que es el relativo a la traducción médica. En opinión de los traductores profesionales, puede que el médico con dedicación ocasional a la traducción comprenda con facilidad el contenido de un texto y esté familiarizado con la terminología, pero su escaso dominio de los recursos de estilo en el idioma propio le llevarán a producir un texto de lectura torpe, pesada e incómoda. Según los médicos, en cambio, es posible que el traductor profesional ofrezca textos fluidos y frescos, sí, pero con la amenaza permanente de errores de comprensión, que dan como resultado una traducción con enunciados falsos, lo cual es imperdonable en un texto científico. Así, es prácticamente imposible asistir a un congreso de traducción médica y no oír varias veces tópicos tan manidos como «los médicos no saben escribir» (¿António Lobo Antunes, Jaime Salom y Oliver Sacks no saben escribir?), o «sólo quien ha pasado por una facultad de medicina puede entender un texto de terapéutica antineoplásica» (¿un universitario medianamente inteligente no puede entender un artículo sobre los números transfinitos?, o yo mismo, que vengo de ciencias, ¿no puedo entender una monografía sobre la tragedia cristiana de la libertad en las comedias mitológicas de Calderón?).
Lo más llamativo de esta cuestión es que tal debate no se reproduce con otras ramas del saber. Nunca he oído discutir a un neurólogo con un cirujano general sobre cuál de los dos debería practicar una lobulectomía prefrontal, ni a un electricista con un fontanero sobre cuál de los dos debería reparar una lavadora; para cualquier persona con dos dedos de frente está claro que la lobulectomía debería hacerla un neurocirujano (independientemente de que antes de ser neurocirujano fuera neurólogo, cirujano o futbolista), y que de la lavadora debería ocuparse un técnico de lavadoras (independientemente de que antes fuera electricista, fontanero o limpiabotas). Si nadie enviaría hoy a reparar un ordenador, una bicicleta, un lavavajillas y ni tan siquiera una máquina de afeitar a alguien que no se ocupara profesionalmente de esos aparatos, ¿por qué las traducciones médicas siguen encargándose, con frecuencia, a personas que traducen hoy un texto periodístico, mañana uno económico, pasado mañana otro jurídico, la semana que viene un anuncio de televisión, y de paso el protocolo de un estudio de investigación sobre nuevos inmunosupresores para prevenir el rechazo en el trasplante hepático, o bien a médicos que acuden por las mañanas al hospital, por la tarde pasan consulta privada los días pares y operan en el quirófano los impares, imparten además tres horas semanales de clases en la facultad de medicina, y algún que otro fin de semana se sacan por las noches unos cuartos traduciendo? ¿Son acaso los textos médicos menos complejos que una lavadora o una afeitadora eléctrica?
Porque, al menos en el caso de la traducción científica, la respuesta a la cuestión que da título a este apartado parece sencilla: como toda modalidad compleja de traducción, la traducción científica debe ser tarea de traductores especializados con dedicación exclusiva y preparación adecuada, con independencia de su trayectoria formativa previa. El gran problema en el momento actual es, no sólo que la sociedad no lo entienda así, sino que ni tan siquiera esté estructurada aún la formación especializada de los traductores científicos. En el caso de la traducción médica, por ejemplo, todos cuantos hoy nos dedicamos de modo profesional a ella -procedentes algunos de la medicina, como yo, pero también muchos otros licenciados en traducción, químicos, filólogos, farmacéuticos, biólogos, abogados o terminólogos-, nos hemos formado de manera autodidacta.
Como ya he comentado recientemente en otro lugar (Navarro, 2001a), el lenguaje científico sigue siendo hoy, a pesar de la demanda social creciente, una de las grandes lagunas de nuestro sistema universitario. Hace ya tiempo que somos conscientes de que un médico no puede abandonar las aulas sin haber recibido formación suficiente en materias como la biología molecular, la bioestadística, la psicología, la genética o la bioquímica. Pero no sucede así con la formación necesaria para arrostrar con garantías las necesidades del lenguaje científico moderno en países como los nuestros, de ciencia dependiente y traducida. A nuestra generación corresponde el incorporar a los planes de estudios de las facultades de ciencias el aprendizaje del inglés especializado, sí, pero también las nociones fundamentales de neología, terminología, redacción y traducción científicas.
Por otro lado, la eclosión de facultades de traducción que se ha producido en España durante el último decenio ha hecho posible una generación de traductores generales bien formados como jamás hubo en nuestro país, pero no ha resuelto aún el problema de las traducciones especializadas. No es difícil, me parece, demostrarlo.
Estopà y Valero (1999), en Barcelona, han estudiado el proceso de resemantización especializada en medicina; es decir, el proceso por el cual un hablante general incorpora la acepción especializada de un término ya existente con otro sentido en el lenguaje general (p. ej.: 'exploración', 'signo', 'grave', 'referir', 'herencia', 'incidir'). Con el fin de valorar la eficacia del aprendizaje universitario de la lengua especializada, realizaron una encuesta terminológica en cuatro grupos de estudiantes: estudiantes de medicina al comienzo de la carrera; estudiantes de medicina al final de la carrera; estudiantes de traducción al comienzo de la carrera, y estudiantes de traducción (de la rama de especialización en traducción científico-técnica) al final de la carrera. Sobre un total de 29 puntos posibles, los estudiantes de medicina pasaron de una puntuación ponderada de 7,8 al comienzo de la carrera a 17,9 al final de la carrera (diferencia significativa desde el punto de vista estadístico), mientras que los estudiantes de traducción, que al comienzo de la carrera obtuvieron una puntuación semejante a la de los estudiantes de medicina de su misma promoción, no experimentaron cambios estadísticamente significativos tras su paso por la facultad de traducción (6,3 puntos al comienzo, 7,5 puntos al final).
Este fracaso de las facultades de traducción para formar traductores científicos es, creo, especialmente preocupante. Porque para los traductores del siglo xxi, como sucediera con los médicos en el siglo anterior, la especialización habrá de convertirse en una necesidad ineludible.
Si la medicina resolvió adecuadamente dicha necesidad con el sistema de especialización por la vía MIR, en el campo de la traducción seguimos aguardando la creación de centros docentes de tercer ciclo de ámbito nacional o internacional, en número no superior a uno o dos por cada rama de especialización: traducción jurídica, literaria, científica, técnica, audiovisual, económica, informática, periodística, etcétera.
En el caso concreto de la traducción médica, por ejemplo, se trataría de ofrecer un programa teórico-práctico de enseñanza especializada de la redacción y la traducción científico-médicas, de tres o cuatro años de duración, a una docena de licenciados procedentes de las carreras científicas, las filologías o las propias facultades de traducción. Con la colaboración de universidades, centros sanitarios, organismos internacionales, editoriales científicas y agencias de traducción, es de esperar que un centro así permitiría formar una generación de traductores científicos especializados con una preparación de partida envidiable, capaces de cambiar radicalmente en unos años el panorama de la traducción científico-médica en español, y de desbancar en todos los aspectos a quienes los hemos precedido, que es como debe ser.
Aunque, por falta de perspectiva, no nos sea posible valorar en toda su dimensión las repercusiones sociales, económicas y culturales de Internet, sí es ya evidente que la revolución internética únicamente puede compararse, en la historia cultural de la humanidad, a la que supuso la imprenta como motor del Renacimiento a finales del siglo xv. El «nuevo Renacimiento» del siglo xxi, que nuestra generación protagoniza, ha cambiado ya en pocos años el modo de trabajar para el traductor especializado.
No me estoy refiriendo a los cambios prácticos que para nuestra profesión han supuesto los nuevos útiles informáticos, ya ampliamente comentados en la segunda sesión de trabajo de este congreso de Almagro. Está claro que los modernos programas de tratamiento de texto no admiten punto de comparación con las máquinas de escribir que yo usé todavía, pero que mis hijos sólo han visto ya en museos; está claro también que las bases de datos terminológicas, como MultiTerm, han relegado al rango de antigualla a esos inmensos ficheros, tan trabajados, de los traductores de antaño; por no hablar ya de las memorias de traducción (Translator's Workbench, Déjà Vu, Wordfast, Multitrans, TransLexis, Trans Suite, etc.) y los programas de traducción automática (Systran, Engspan-Spanam, Weidner, Logos, Smart, etc.) que nos permiten hoy generar volúmenes de traducción que los traductores de la época de nuestros padres jamás llegaron a soñar, ni siquiera en noches de delirio febril. Pero todos estos adelantos informáticos apenas han alterado la esencia de nuestra profesión: una persona sola entre un texto de partida que le viene dado en una lengua y un texto de llegada que va pergeñando en otra.
Muy distinto es lo que ha sucedido con la irrupción de la red mundial, Internet, que ha revolucionado el mundo de la traducción por dos motivos. En primer lugar, por haberse convertido, ya, en la mayor biblioteca multilingüe -así como la más accesible- de la historia; y en segundo lugar, sobre todo, por haber acabado con el aislamiento tradicional de nuestra profesión.
Como corresponde a este congreso de Almagro, pensado para hacer un alto en el trajín diario y meditar con un poco de sosiego sobre el presente y el futuro de nuestra profesión, voy a dedicar las páginas que me quedan a comentar algunos aspectos que habremos de plantearnos muy seriamente si quienes traducimos al español queremos aprovechar al máximo las inmensas posibilidades que la interred nos ofrece.
Es de esperar que en los próximos años se potencie intensamente el uso de Internet como instrumento auxiliar de traducción, pero para ello es fundamental entender que las aplicaciones terminológicas de la interred no pueden extrapolarse directamente de los países de lengua inglesa al resto del mundo. Porque las características de la red mundial son completamente distintas para quienes trabajan con textos en inglés que para quienes lo hacen con textos en cualquier otro idioma. Internet en inglés e Internet en español son, desde el punto de vista terminológico, dos bibliotecas especializadas absolutamente distintas, que presentan entre sí importantes diferencias cuantitativas y cualitativas. Las diferencias cuantitativas son, de puro obvias, perfectamente conocidas; las cualitativas, en cambio, aun siendo igual de obvias, suelen pasar inadvertidas a la mayoría de los analistas que se han ocupado del fenómeno internético y sus repercusiones en la moderna sociedad de la información.
Buscando un ejemplo extramédico para presentar en el II Congreso Internacional de la Lengua Española, el pasado 30 de septiembre entré en la interred en busca del nombre técnico completo que reciben en inglés y en español las pilas recargables de níquel conocidas de forma siglada como NiMH batteries. Los resultados que obtuve, y que he comentado extensamente en una publicación reciente (Navarro, 2001b), ponen bien claramente a la vista las diferencias cualtitativas y cuantitativas entre la información contenida en Internet en un idioma y otro.
Que el español está infrarrepresentado en Internet es un hecho comprobado y archiconocido; en el caso concreto de este búsqueda, por ejemplo, obtuve más de 15 000 páginas en inglés frente a sólo 369 en español. Adviértase, en cualquier caso, que el traductor técnico de hace diez años se hubiera dado ya con un canto en los dientes de haber podido encontrar, tras una ardua búsqueda bibliográfica entre los glosarios, diccionarios, manuales y libros de texto de su biblioteca, dos tan sólo que le ofrecieran un traducción para estas NiMH batteries. Hoy, los resultados que nos ofrece la interred en cuestión de segundos son en español, sí, cuarenta veces menores que en inglés, pero mucho mayores de los que tuvo nunca a su disposición un traductor especializado antes de nosotros.
Más graves son, en mi opinión, las diferencias cualitativas que se ponen de manifiesto al analizar detalladamente las 150 primeras páginas encontradas en cada idioma.
Dejando a un lado las diferencias en aspectos ortotipográficos menores -guiones y mayúsculas para el inglés; guiones, mayúsculas y tildes para el español-, las 150 páginas analizadas en inglés son unánimes (100%) a la hora de desplegar la sigla NiMH a nickel metal hydride, que es, de hecho, el término correcto tanto desde el punto de vista de los especialistas como desde el punto de vista de la gramática inglesa. Internet se ha convertido para el traductor científico-técnico al inglés, pues, en el mejor instrumento terminológico de la historia, capaz de ofrecerle, en cuestión de segundos, más de 15 000 páginas que le indican todas ellas, de modo unánime, el nombre técnico correcto que reciben en inglés las NiMH batteries.
Las 150 páginas analizadas en español, en cambio, ofrecen nada menos que 44 soluciones distintas con diferencias léxicas mayores: «níquel metal hidruro», «hidruro metálico de níquel», «níquel metal hídrido», «hidruro de níquel», «hidruro de níquel-metal», «níquel-hidruro de metal», «níquel metal», «níquel-hidruro», «metal híbrido de níquel», «níquel metal hydride», «hidrato de níquel metálico», «níquel-metal hydrido», «hidruro de metal de níquel», «níquel-hidruros de metal» y una treintena más de posibilidades de lo más variopinto, que en el 99% de los casos contienen graves errores ortográficos, léxicos o sintácticos, o no coinciden con la forma correcta desde el punto de vista técnico ('pila de níquel e hidruro metálico'). Internet para nosotros, por lo tanto, actúa hoy como altavoz amplificador de la diversidad terminológica propia de las lenguas especializadas traducidas, como es el caso de la nuestra. A diferencia del traductor de hace diez años, quien, con suerte, hubiera podido documentar a lo sumo dos o tres formas de un mismo tecnicismo, el traductor de hoy encuentra en cuestión de segundos centenares de páginas con una cuarentena de posibilidades distintas para traducir al español NiMH, y que en su mayoría, para más inri, le inducirán a utilizar expresiones consideradas incorrectas por los entendidos.
Este caos terminológico de nuestra multimalla no sólo obstaculiza el crecimiento del español como lengua de transmisión de los saberes científicos y técnicos, sino que dificulta además en gran medida su aplicación con fines terminológicos o como apoyo a la traducción. En la Universidad de Málaga, por ejemplo, Corpas Pastor (2000) ha aprovechado con éxito Internet para la elaboración de corpus textuales destinados a resolver de forma rápida y sencilla los problemas de fraseología especializada que presenta la traducción médica al inglés, pero un proyecto como el suyo no sería aplicable, hoy por hoy, a la traducción al español.
El panorama, en definitiva, es desolador. Y sería muy de desear que los responsables de la política lingüística hispanoamericana adquirieran consciencia de él. Porque en Valladolid, con motivo del II Congreso Internacional de la Lengua Española, se reclamó insistentemente la necesidad de aumentar la presencia del español en Internet y multiplicar el número de páginas. No estaría mal eso, cierto, pero no debe hacernos olvidar que lo fundamental es, si no queremos potenciar el caos terminológico actual, prestar atención preferente a la calidad de los contenidos.
La multimalla mundial o WWW es hoy no sólo la mayor biblioteca mundial que ha existido jamás en cuanto a amplitud y cantidad de publicaciones técnicas y científicas contemporáneas en cualquier idioma, sino también la que ofrece mayor rapidez y comodidad de acceso a la información. Pero esta que podría ser la Alejandría ideal soñada por cualquier traductor científico-técnico, tiene también serios puntos débiles que obstaculizan y merman en buena medida su utilidad práctica.
Tenemos, en primer lugar, su estructura caótica y desordenada, que hace de ella un inmenso almacén de información escrita y visual, pero carente de organización, de tal modo que, a diferencia de lo que sucedía en las bibliotecas tradicionales, hoy nadie sabe con certeza qué es lo que realmente contiene Internet. Disponemos, por supuesto, de infinidad de directorios, metaíndices y buscadores más o menos exhaustivos y potentes, tanto generales (p. ej.: Altavista, Galaxy, Google, Jumpstation, Lycos, MetaCrawler, Robots, WebCrawler, Webtaxi, Worms, Yahoo), como especializados (en el campo de la medicina, por ejemplo, Chorus, Doctor's Guide, Excite Health, Global Health, MDchoice, MedicinaTV, MedWeb, WebDoctor), pero se sabe ya con certeza que ninguno de ellos permite cribar todos los contenidos de la interred, y, lo que es peor, tampoco nos permite separar la paja del grano. Porque en la multimalla, como acabamos de ver en el apartado anterior, cualquiera puede publicar lo primero que le venga en gana: así, junto a un glosario de primerísima calidad elaborado por un grupo de especialistas y lexicógrafos de distintos países hispanoamericanos, podemos encontrar otro generado mediante traducción automática de ínfima calidad a partir de un glosario inglés, e incluso un glosario delirante elaborado por un bromista guasón que se inventa una supuesta página oficial de la Asociación Internacional de Nomenclatura Genómica.
A ello hay que añadir el hecho mil veces comprobado de que los textos almacenados en Internet pueden cambiar de dirección en cualquier momento y sin previo aviso (lo cual, en una biblioteca tradicional equivaldría a ir cambiando los libros una y otra vez de estante, de sala y de planta), o, lo que es peor, desaparecer incluso para siempre sin dejar ni siquiera una mísera copia en alguna parte. Se da así ahora la paradoja de que, aun cuando podemos consultar con relativa facilidad un incunable de Nebrija, un lapidario manuscrito de Alfonso X el Sabio e incluso un papiro egipcio, es muy posible que no seamos capaces de dar hoy ni nunca más con un texto electrónico que hasta ayer mismo estaba disponible en Internet, pero que ha desaparecido sin quedar registrado ni almacenado en ningún lugar del mundo.
Somos cada vez más conscientes de que, por su propia cantidad y complejidad excesivas, apenas si podemos aprovechar mínimamente la avalancha de información que nos abruma. Según Pareras (2000), que lleva años empeñado en intentar poner algo de orden en el laberinto médico-internético, «el principal problema de Internet no es cómo traer la información a nuestro ordenador, sino encontrar lo que necesitamos entre tal cantidad de información disponible». Y no parece que esta situación vaya a corregirse próximamente, sino que más bien amenaza con seguir embarullándose hasta límites insospechados.
Se me hace evidente que la terminología especializada del siglo xxi habrá de fijarse como uno de sus principales objetivos la localización, la valoración crítica y la sistematización de los ingentes recursos que la interred pone a nuestra disposición. En esta almagreña reunión, pensada sobre todo para traductores institucionales de los organismos internacionales, es de esperar, por ejemplo, que la mayoría de los terminólogos presentes conozcan bien las bases de datos Eurodicautom (http://ec.europa.eu/eurodicautom/login.jsp), Jiamcatt (http://europa.eu/SDT/jiamcatt/html) o Iloterm (http://ilis.ilo.org/ilis/ilisterm/ilintrte.html). Pero, ¿cuántos de ellos saben que en la multimalla puede consultarse también de forma gratuita el Roche Lexikon Medizin alemán (http://www.gesundheit.de/static/service/lexika/index.html) con más de cien mil entradas de carácter enciclopédico, amplia iconografía y equivalentes en inglés?; ¿o que la base bibliográfica Medline (http://research.bmn.com/medline) permite buscar más de once millones de artículos publicados en revistas médicas de todo el mundo desde 1966 hasta la actualidad?, ¿o que en la red existe igualmente un diccionario electrónico (http://gungadin.cs.brandeis.edu/~weiluo/main3.htm) con más de ciento veinte mil siglas médicas? E incluso, suponiendo que conocieran su existencia, ¿cuántos se sentirían capacitados para analizar críticamente su contenido y juzgar la validez de los datos recopilados en dichas direcciones?
La terminología se encamina, pues, hacia una red de redes terminológicas especializadas, con interconexión constante de multitud de terminólogos y grupos especializados en las distintas disciplinas del saber, para sistematizar el maremágnum terminológico de Internet y ponerlo a disposición de los hablantes de forma rápida, fiable y directamente aplicable. Porque lo que los traductores, los profesionales de la lengua, los científicos con inquietudes lingüísticas buscan no es perderse durante horas por la maraña internética para admirarse del volumen impresionante de información allí almacenada, sino respuestas rápidas y fiables a una duda real que en estos momentos les acucia, así como repertorios seleccionados y sistematizados con las direcciones de mayor valor y utilidad terminológicos.
Si la revolución internética ha cambiado en pocos años el modo de trabajar para el traductor especializado, ello ha sido no tanto por tratarse de la mayor biblioteca de la historia, sino, sobre todo, por haber acabado con el aislamiento tradicional de nuestra profesión y haber abierto posibilidades insospechadas de comunicación e intercambio de información entre profesionales de distintos países con intereses afines. Considero que puede ser útil comentar en esta reunión de Almagro un par de iniciativas recientes que ejemplifican bien lo que puede conseguirse hoy, a golpe de teclado y de ratón, con la suma de saberes, experiencias y voluntades individuales.
En septiembre de 1999, el médico mejicano Gustavo Silva, traductor de plantilla en la sede de la Organización Panamericana de la Salud en Washington, tuvo una idea genial de puro sencilla: aprovechar el correo electrónico para poner en contacto a un grupo de profesionales con intereses comunes, pero dispersos en distintas ciudades del mundo. Nació así MedTrad (http://mx.groups.yahoo.com/group/medtrad/), un foro de ayuda mutua en cuestiones de traducción y lenguaje médicos. Los fundadores aprovechamos nuestros contactos profesionales para transformar en cuestión de días el puñado inicial de amiguetes en un nutrido y valioso grupo internacional de medicina y traducción. Hoy MedTrad está integrado por casi dos centenares de traductores médicos, redactores científicos, terminólogos, médicos especialistas en ejercicio, académicos, correctores, investigadores científicos, profesores universitarios y otros profesionales europeos y americanos interesados por las cuestiones relativas al lenguaje médico en español.
Los objetivos iniciales del foro se han cumplido con creces. En sus apenas dos años y medio de existencia, los miembros de MedTrad llevan intercambiados más de dieciséis mil mensajes con consultas relativas a los aspectos más diversos del lenguaje médico: ¿cuál es la mejor traducción de end-organ toxicity, outcome variable, DNA chip o resilience?; ¿cómo se forman los adjetivos derivados de un nombre propio?; ¿cuándo utilizar la denominación común y cuándo la marca de un medicamento?; ¿cuál es el plural de 'colon'?; ¿debemos acentuar 'epitopo' o 'epítopo'?; ¿qué hacer con las siglas del original en un texto de divulgación? Pero lo que más llama la atención a quien se asoma a este foro por vez primera es, probablemente, la rapidez de las respuestas y la altura lingüística y científica de los debates que se sostienen en su seno. En palabras del propio Silva, «cada vez que un miembro lanza una llamada de auxilio, menudean las respuestas acertadas, fundamentadas y frecuentemente con un respaldo documental impresionante» (Silva, 2000). Para el traductor médico Joaquín Segura, presidente de la Comisión de Traducciones de la Academia Norteamericana de la Lengua y miembro destacado de MedTrad, la lista de debate se ha convertido «en un medio de consulta extraordinario e indispensable para el médico traductor y, aún más, para el traductor médico; es, a la vez, diccionario bilingüe al día, cátedra teórica y práctica, y consultario lexicográfico de medicina y ciencias anejas» (Segura, 2000). Somos muchos, desde luego, los que estamos convencidos de que, en el terreno del lenguaje médico, hoy no hay diccionario, manual de estilo, academia ni autoridad personal o colectiva que pueda competir con MedTrad como fuente autorizada de información. Dudas que hace apenas unos años podían llevarle al traductor días enteros de búsquedas bibliográficas y consultas telefónicas con especialistas, se resuelven ahora de manera satisfactoria en cuestión de minutos u horas. Se me hace hoy inconcebible, desde luego, el ejercicio de la traducción médica de alto nivel sin la conexión periódica a MedTrad u otra lista de debate de características semejantes.
En este sentido, MedTrad parece estar abriendo la senda hacia lo que será la traducción especializada del futuro. Tras la interconexión de profesionales con un interés común por una modalidad de lenguaje especializado, se adivina ya la necesidad inminente, como apuntaba más arriba para la terminología, de organizar y estructurar una interconexión más amplia de las distintas redes especializadas. Porque disponemos ya de nuestro grupo de traducción médica, sí, pero seguimos necesitando como agua de mayo otro de derecho, y de microbiología, y de informática, y de química, y de biología molecular, y de botánica, y de tantas y tantas disciplinas más. Tenemos por delante, pues, un doble reto que convendría afrontar con la mayor celeridad posible. Es preciso, en primer lugar, estructurar grupos especializados de debate para tantas modalidades de lenguaje especializado como nos sea factible, y, en un segundo paso, proceder a interconectar estos grupos de modo que la información pueda discurrir de forma fluida entre ellos. Los requisitos técnicos están ya ahí; para poner en marcha una estructura coordinada de la traducción especializada lo único que necesitamos ahora es voluntad e ilusión.
Volviendo a MedTrad, la nuestra ha sido, desde sus comienzos, una lista de debate cerrada, con afiliación restringida a los profesionales del lenguaje médico-biológico, pero dispone de un escaparate en la interred (http://www.medtrad.org/index2.htm) con diversos contenidos de acceso libre. A través de él, cualquier persona interesada por la traducción médica puede consultar gratuitamente, por ejemplo, el Medtradiario coordinado por la argentina M.ª Verónica Saladrigas, bióloga y traductora de los laboratorios Novartis en Basilea, con un amplio resumen de los principales debates sostenidos en el seno de MedTrad desde septiembre de 1999 hasta junio del 2000. La información se presenta en fichas con las dudas de traducción en el idioma de partida (generalmente inglés, pero también francés o alemán) y las propuestas de traducción al español, así como una selección de los principales comentarios emitidos en el curso del debate y referencias bibliográficas de apoyo, lo que lo convierte en un glosario especializado de gran utilidad.
Otra de las iniciativas surgidas en el seno de MedTrad es Panace@, un boletín trimestral de medicina y traducción -el primero del mundo dedicado de forma monográfica al lenguaje de la medicina- que puede consultarse gratuitamente desde cualquier rincón del mundo en la dirección http://www.medtrad.org/pana.htm. Con más de medio millar de páginas de letra menuda publicadas desde septiembre del 2000, Panace@ ofrece a cuantos se interesan por el lenguaje especializado de la medicina una colección impresionante de glosarios y artículos originales sobre los aspectos más diversos del lenguaje científico: terminología, nomenclaturas normalizadas, lexicografía, neología, cuestiones sintácticas y de estilo, política lingüística, documentación, nuevas tecnologías, etc. Con firmas de la talla de M.ª Teresa Cabré, Valentín García Yebra, Bertha Gutiérrez Rodilla, John Dirckx, Antonio Campos o Álex Grijelmo, son ya más de sesenta los colaboradores -de dentro y fuera de MedTrad- que han pasado por Panace@ para presentarnos desde la nomenclatura actual de las parasitosis hasta el análisis a fondo de los problemas de traducción planteados por términos como stem cell, peer review o genomic imprinting, pasando por el abuso del gerundio en los textos médicos, el panorama de la lexicografía médica española entre los siglos xvii y xix, un glosario bilingüe con un millar de psicoescalas, la terminología de los cierres de los envases farmacéuticos, o las normas de formación de tecnicismos grecolatinos terminados en -ia.
MedTrad y Panace@, inimaginables hace apenas diez años, han cambiado ya nuestra forma de entender y abordar las cuestiones relativas al lenguaje médico, pero ello no debe hacernos olvidar los desafíos que aún tenemos por delante. Porque la revolución internética no ha hecho sino empezar.
He comentado ya, en los dos apartados previos, el hecho de que tanto la nueva terminología especializada como la nueva traducción especializada parecen encaminarse hacia un modelo de interconexión fluida entre individuos y grupos de interés concentrado en los distintos lenguajes de especialidad. De día en día va haciéndose evidente que, como ha sucedido en tantos otros campos desde el siglo xix, las máquinas -en nuestro caso, los ordenadores- irán asumiendo cada vez en mayor medida las labores tradicionales de traductores y terminólogos, quienes sustituirán las tareas más mecánicas de su profesión por nuevas funciones sociales como especialistas en la utilización, administración y aprovechamiento de recursos lingüísticos especializados. Funciones éstas que, por otro lado, la sociedad está ya reclamando de forma notoria.
No parece lógico, por ejemplo, que, a estas alturas de la revolución informática, los médicos de habla hispana no dispongan todavía de un servicio de asesoramiento terminológico en línea capaz de ofrecer respuestas fiables, rápidas y documentadas a las dudas que a diario se les plantean sobre el uso correcto del lenguaje, la normalización terminológica o la creación de neologismos adecuados para incorporar a su lenguaje especializado los nuevos vocablos que surgen constantemente en inglés. Porque el hablante de a pie puede, sin necesidad de levantarse del ordenador, plantear sus dudas sobre el uso del lenguaje general directamente a la Real Academia Española (http://www.rae.es) o, para las demás lenguas propias de España, al Instituto de Estudios Catalanes (http://www.iec.es), el Termcat (http://www.termcat.es), la Real Academia de la Lengua Vasca (http://www.euskaltzaindia.net) o el Consejo de la Cultura Gallega (http://www.consellodacultura.org); también los periodistas y cuantos trabajan con el lenguaje actual de los medios de comunicación pueden consultar en línea sus dudas idiomáticas al Departamento de Español Urgente de la Agencia Efe (http://www.efe.es). Pero, ¿y los médicos? ¿A quién pueden acudir los médicos cuando ignoran el plural de 'tórax', cuando dudan entre escribir 'darbepoetín' o 'darbepoetina', cuando vacilan a la hora de castellanizar expresiones como 'lifting facial', 'stent coronario' o 'flutter auricular'?
El sistema de terminovigilancia recientemente anunciado por el Instituto de Salud Carlos III (Campos, 2001) parece ser ya un primer paso en la dirección de ese servicio de asesoramiento que tanto estamos necesitando para orientar y unificar la terminología médica en el vasto espacio geográfico de habla hispana. Porque, como explicaba en Valladolid hace unos meses, «la normalización de los tecnicismos en español es nuestra gran asignatura pendiente y, al mismo tiempo, una tarea ineludible. La sinonimia y la polisemia, especialmente preocupantes en nuestros países de ciencia traducida, exigen la creación urgente de un organismo encargado de la selección, normalización y difusión de neologismos y tecnicismos en los países de habla hispana, capaz de reaccionar con presteza a las necesidades del lenguaje científico actual. Sólo un equipo coordinado de científicos, traductores especializados, terminólogos y lingüistas de ambas orillas del océano podría desempeñar con éxito una tarea tal. Y sólo una labor terminológica bien hecha conseguirá la autoridad natural necesaria para impulsar el desarrollo de una lengua especializada común sin imposiciones ni coerciones» (Navarro, 2001a).
Campos, Antonio (2001):
«La salud y la palabra», Panace@, 6, 2-3, http://www.medtrad.org/pana.htm (consultado el
3 de abril del 2002).
Corpas Pastor,
Gloria (2000): «Compilación de un corpus ad hoc para la enseñanza de la
traducción inversa especializada». Técnicas documentales aplicadas a la
traducción especializada. Fundación Duques de Soria, Soria.
Estopà, Rosa; Valero, Antoni (1999): «Adquisición de
conocimiento especializado y unidades de significación especializada en
medicina». Jornadas de terminología médica. Real Academia de Ciencias
Exactas, Físicas y Naturales, Madrid.
Navarro, Fernando
A. (2001a): «La traducción médica ante el siglo XXI: tres retos para el
lenguaje científico en español», II Congreso Internacional de la Lengua
Española. Real Academia Española e Instituto Cervantes, Valladolid, http://cvc.cervantes.es/obref/congresos/valladolid/fronteras/navarro_f.htm
(consultado el 3 de abril del 2002).
Navarro, Fernando A. (2001b): «Internet en inglés e Internet en español: el mismo collar con distintos perros», Panace@, 6, 101-106, http://www.medtrad.org/pana.htm (consultado el 3 de abril del 2002).
Pareras, Luis G. (2000): Internet y medicina (3.ª edición), Masson, Barcelona.
Segura, Joaquín (2000): «MedTrad: a un año de distancia...», Panace@, 1, 4, http://www.medtrad.org/pana.htm (consultado el 3 de abril del 2002).
Silva, Gustavo A. (2000): «Presentación», Panace@, 1, 2-3, http://www.medtrad.org/pana.htm (consultado el 3 de abril del 2002).